martes, 29 de octubre de 2013

De la capital sudamericana a la campiña europea

Yo había crecido mi vida entera oyendo historias sobre Alemania. Hace casi 30 años, mi abuelo vio un anuncio en el periódico sobre las becas ofrecidas por el DAAD y convenció a mi tío de que postule. Gracias a ello mi tío culminó una carrera en ingeniería, consiguió un buen empleo y se casó allá. Años después, cuando mi madre hizo sus estudios de maestría en España, tuvo la oportunidad de visitar a mi tío en Alemania y quedo encantada con la belleza de los paisajes y la pulcritud de las ciudades. Hasta mi hermano mayor celebró su séptimo cumpleaños con un viaje a Alemania. Todo ello despertó en mí la curiosidad por conocer ese destino y aprender su idioma. Había pensado realizar mi maestría con el programa de la DW en Alemania, pero jamás imaginé que viajaría tan pronto: no pensé ser seleccionada para ir a Bayern. Este sería mi primer viaje fuera del Perú, así como lo fue para algunos de los peruanos participantes del intercambio.

Una vez en Alemania noté muchas diferencias con el Perú. Por ejemplo, de camino del aeropuerto de Nürnberg al Kreisjugendring en Selb, para mí fue impresionante ver la buena señalización y el excelente estado de las carreteras aún en el interior del país, cuando muchas zonas del Perú resultan de difícil acceso por estar los caminos sumamente descuidados. Y cuando los alemanes llegaron al Kreisjugendring creo que para los peruanos fue una sorpresa notar que aunque todos éramos jóvenes, teníamos que saludarnos dándonos la mano y no con un beso en la mejilla como acostumbramos en nuestro país. Algo que me gustó mucho del viaje fue ver el uso de energías alternativas a través de generadores eólicos -que en el Perú no existen- y paneles solares, que en mi país son muy escasos. De más está decir que fue maravilloso sobrevolar Wunsiedel en una avioneta sin motor: Klaus, el piloto, fue muy amable y gracias a su destreza pude experimentar el mejor y más emocionante vuelo.

Quedé encantada con los bosques del Fichtelgebirge y todas las actividades al aire libre que se pueden hacer en la zona, tan diferente de lo caótico que resulta vivir en una gran ciudad llena de tráfico y desorden como Lima. Fue muy curioso ver en el Greifvogelpark al Aguja-Kordillierenadler, que habita en Perú; y en una de las casas que visité en Großwendern tenían como mascota a un animal que también es peruano: un Meerschweinchen. De Großwendern me llevo buenos recuerdos de la tarde divertida que pasé con Lea y Markus, dos jóvenes alemanes participantes del intercambio que me acogieron en sus casas: paseamos por la ciudad a Ben, el perro de Markus, y saltamos en una cama elástica como si fuéramos niños. Me llevé también una taza como souvenir de esa ciudad, pralinés y miel que me obsequió la madre de Lea. Y al ver a Markus usar su Lederhose, me convencí de que no habría mejor souvenir que comprar un Dirndel en Bayreuth.

Pasar una semana en Alemania fue maravilloso y espero regresar algún día para una estancia más prolongada en que pueda nuevamente recorrer sus hermosos paisajes, además de reencontrarme con los nuevos amigos que conocí y con los parientes que tengo allá. Me emociona mucho tener la oportunidad de mostrar a los jóvenes alemanes las maravillas que mi país esconde, estoy segura de que quedarán impresionados por su belleza y querrán visitar el Perú más de una vez. Conocer una realidad tan diferente a la del país en el que nací me hace desear aprender de esa realidad para hacer algo que mejore la calidad de vida de las personas en el Perú, porque mi país tiene tantos recursos y atractivos a los cuales sacar provecho que faltan manos e ingenio para sacarlo adelante. Y yo quiero contribuir con lo mucho o poco que pueda hacer, a ser parte de su progreso. Gracias Alemania, por ser mi fuente de inspiración para luchar por mi país.

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