domingo, 29 de diciembre de 2013

Carmen

Estaba durmiendo sola en casa. Oí ruidos de madrugada y me asusté, no tenía idea de quien podría haber entrado. Me senté sobre la cama y a través del ventanal que no tenía cortinas te vi caminando. Abriste la puerta de la habitación, estabas vestida de negro. Me alegré tanto al verte, sonreí y dije tu nombre.
-¿Cómo pudiste entrar a la casa?
-Nunca me fui.
-Pero entonces, ¿dónde has estado? Te hemos buscado por todas partes.
-Estaba en mi cuarto.

Cuando dijiste eso, me di cuenta de que estabas muerta. Porque encontramos tu cuerpo no en tu cuarto, sino en la habitación de mi mamá. Hay tantas cosas que quería decirte, pero no podía: era como si estuviera ronca y no pudiera articular palabra. Nos recostamos en la cama, te abracé y noté que ahora ya no estabas de negro, sino que vestías esa chompa turquesa que hace tantísimos años habías dejado de usar.
-Te extrañamos mucho.
-Yo también los extraño, pero los voy a cuidar siempre.
-No quiero que te vayas.
-Tengo que irme, papá ese mismo día me dijo que me fuera y me dijo que venga hoy para decirte que estoy bien.
-¿Por qué moriste? Eres tan joven…
-Porque todos morimos un día, no importa la edad.

Esa última frase tuya, aunque salió de tu boca, no la dijiste con tu voz. ¿Quién habló a través de ti? ¿Fue mi abuela, a la que nunca conocí? ¿O fue mi mamá, siempre tan racional? Tal vez nunca lo sepa, pero el mensaje que me diste me quedó muy claro.

Luego, no sé con quién estaba en la habitación. Tú ya te habías ido. Le dije que estabas en casa, me preguntó dónde y te vi fuera del ventanal de la habitación, otra vez vestida de negro. Le dije que estabas afuera, te señalé, pero nadie más que yo podía verte. Entonces confirmé que ahora eres un alma de Dios que vino a traerme consuelo tras tu partida.


Desperté. No estaba en la casa, estaba en el departamento. Casi no lo reconocí en un primer momento. Pensé que debía contar esta experiencia, pero caí dormida otra vez y al despertar, casi olvido aquella visión. Al recordarla lloré.

Quiero creer que no sufriste en tus últimos momentos de vida. Quiero creer que no fuiste consiente de que estabas muriendo, quiero creer que dormías. Los demonios que te atormentaban a través de tu enfermedad ya no están más, por fin eres libre en cuerpo y mente. Ahora estás con tu papá y tu mamá, ahora eres feliz.


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